La encuesta CEP muestra que la mayoría apoya la despenalización del aborto y está distante de algunos de los principios de la reforma educacional

Más de un 70% está de acuerdo en que se despenalice cuando el feto sea inviable, hijo de una violación o represente un peligro para la vida de la madre. Solo un 23% de los encuestados sostiene que debe estar prohibido.

Chile es, no cabe duda, mal que le pese a la Iglesia Católica y a los sectores conservadores, un país en el que las mayorías son partidarias del aborto.

Por supuesto, la Iglesia dirá que las preguntas están mal diseñadas, que la fría formulación de una consulta (¿es usted partidario de… ?) apaga la urgente dimensión moral del problema y elude el discernimiento racional que un asunto como ese reclama. Su argumento final podría ser todavía más aguzado: la opinión de las mayorías (que la encuesta del CEP infiere a partir de una muestra) no importaría cuando se trata de las verdades finales y definitivas de la condición humana. ¿Acaso, podría preguntar monseñor Ezatti, no fue la muchedumbre, es decir, los encuestados de hoy, los que decidieron a mano alzada la crucifixión de Nuestro Señor? La vida humana, dirá la Iglesia, no puede depender de los vaivenes de la opinión pública ¿Desde cuándo la verdad de los hombres depende de los vientos de la moda, o el punto de vista de la Iglesia de la opinión que constatan las encuestas? En vez de oír a la multitud, podría concluir, sería mejor oír la voz de los que saben: a la Iglesia y su jerarquía que, como a todos consta, y si se exceptúan los casos del cura Joannon, Tato, Maciel, Karadima y, Dios no lo permita, O’Reilly, es desde antiguo maestra de moral y fuente de buen comportamiento a la hora de atravesar este valle de lágrimas.

Pero la encuesta CEP también trajo noticias respecto de la educación.

Si se descuentan algunas preguntas obviamente capciosas, como aquella que consultaba si acaso era bueno que los padres aportaran para mejorar la educación de sus hijos (a pesar de lo cual un 37% por ciento de desalmados dijo que era mejor prohibirlo), la encuesta CEP arroja resultados que la racionalidad obliga a tener en cuenta. La mayoría prefiere cosas que algunos aspectos de la reforma educacional relativizan o desconocen. Por ejemplo, prefiere un colegio particular subvencionado; cree que el pago de matrícula genera más compromiso de los padres hacia la escuela; prefiere que sus hijos vayan a un colegio donde todos tengan un nivel económico similar; se muestra partidaria de las pruebas de admisión en los liceos de excelencia.

La modernización capitalista, mal que le pese a parte de la izquierda, parece que caló hondo. El consumo es vivido como una experiencia liberadora para quienes, por generaciones, estuvieron excluidos de él.

Por supuesto, el Gobierno dirá que las preguntas fueron diseñadas con propósitos capciosos, que el esquematismo de una encuesta no refleja la complejidad estructural del problema y que este tipo de sondeo elude el profundo discernimiento normativo que aquel reclama. Su argumento podría ser aún más agudo: las mayorías estarían enajenadas por el consumo y la rutina de los malls , engañadas por el embrujo de la televisión y de la cultura de masas. Llevadas por los vientos de la entretención y el embrujo de nombres en inglés, las mayorías alienadas no serían capaces de darse cuenta de sus verdaderos intereses. En vez de oír la voz de las encuestas, podría concluirse, es mejor oír la voz de quienes conocen los verdaderos intereses del pueblo, porque las mayorías a veces no saben ni lo que hacen, ni lo que dicen, ni lo que quieren.

En otras palabras, frente a los resultados que muestran las encuestas respecto de la educación, el Gobierno razona como lo haría la Iglesia frente a los resultados respecto del aborto.

Con toda razón esta semana la ministra Rincón confesó -nunca este verbo vino más a cuento- que la Iglesia y el Gobierno “tienen muy buenas relaciones”. Y es que, en efecto, hay entre ellos una profunda comunión espiritual: los anima el mismo propósito redentor y paternalista de las mayorías infectadas por el error moral y enajenadas por el consumo.

 

Por: Carlos Peña.